Cantábrico | Sinopsis
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SINOPSIS

Especies como el oso, el salmón y el urogallo más propias del norte de Europa, encuentran en estas montañas su refugio más meridional. Una sucesión de sierras y valles de 480 km de longitud, con una anchura media de unos 100 km dentro de unos márgenes de entre 60 y 120 km. La proximidad al mar provoca un régimen de lluvias muy alto, lo que, junto a unas altitudes relativamente bajas, hace que el clima sea muy húmedo y templado. En términos climáticos, las montañas cantábricas son la línea por la que la península ibérica se divide en dos. Al sur impera el denominado clima mediterráneo, más seco y extremo. Desde aquí y hacia el norte el clima es de influencia atlántica: lluvioso y desapacible durante la mala estación, fresco y húmedo en verano. Un tiempo así determina el paisaje, la flora y la fauna; en las montañas las nevadas son intensas, pero los fondos de los valles son un vergel. Por eso, los bosques y prados cantábricos son reductos en el sur, de paisajes más propios del centro y norte de Europa, y las montañas cantábricas son el dominio más meridional de especies septentrionales, como el oso, el salmón y el urogallo. En muchos puntos las laderas montañosas arrancan desde los acantilados costeros; esto hace que las alturas máximas sean modestas. La mayoría de las cumbres principales se encuentran en los Picos de Europa, especialmente en su macizo Central o de los Urrieles. Aquí se alcanzan las cotas más altas, con Torre Cerredo, con 2650 m., por encima de todas las demás. También se yergue el conocido Naranjo de Bulnes, o Pico Urriellu, cuyo perfil vertical por la cara oeste simboliza como ningún otro el carácter agreste de estas montañas. En el Cantábrico, un mosaico de paisajes encajados entre valles y picos, cada pradera es una isla; cada mata de bosque un mundo; cada crestería rocosa un refugio. Y aquí, en los muchos abrigos y oquedades abiertos en la roca caliza, todavía podemos observar los animales pintados hace milenios por unos observadores, los cazadores paleolíticos, que, como nosotros hoy día, ya se asombraban ante las maravillas del Cantábrico.

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